Músicos callejeros en Estambul. Las calles de Estambul están llenas de vida. Sin embargo, al contrario de lo que se ha vuelto casi norma en las ciudades del occidente europeo, no es fácil encontrar gente que use la calle como espacio improvisado para interpretar y ganar algún dinero. Pero una noche en la zona mas comercial, en plena Isklital Cadessi, nos encontramos a estos músicos.
Imaginemos un gigantesco y espeso bosque en el centro de una gran ciudad. Nunca me han gustado las analogías o metáforas biológicas para entender las ciudades, la sociedad o Internet, pero si las imágenes que provocan nuestra fantasía.
“Neo-bosques digitales” por @urbanitas (vía Photo by urbanitas • Instagram)
Estos músicos callejeros aprovechaban el sol y la tranquilidad de un domingo por la tarde para ofrecer un concierto genial en el centro de Coruña. Música, colores, escenario e instrumentos tan diferentes a los de Union Square y sin embargo todo era de algún modo parecido.
Solo un minuto de un concierto infinito que enlazando canciones coordinaban dos músicos callejeros en una acera de Union Square en el centro de San Francisco. Plástico, metal y vidrio, cuatro manos y un ritmo imposible.
[Escrito a finales de 2010 después de un breve, pero intenso, viaje a Buenos Aires y cuando aún el proyecto K no existía … pero este texto ya formaba parte de él]
Buenos Aires no deja indiferente. Incluso una visita rápida permite, al observador acostumbrado, descubrir la complejidad, incongruencias, miserias, misterios y maravillas de una ciudad como esta. Quizás el impacto mas brutal se reciba cuando se pasea una mañana de domingo por alguna avenida del centro. Es conveniente salir temprano, antes de que las librerías y algunos otros comercios que abren le devuelvan a la ciudad una cierta normalidad.
La sucesión de edificios nos permite leer una y mil historias en sus fachadas. Casas magnificas, algunas muy venidas a menos, otras reconvertidas en tiendas de grandes marcas. Las aceras cubiertas de papeles de todo tipo, resultado de la vorágine de la noche anterior pero también de las pequeñas pegatinas que cubren muchas paredes anunciando prostitutas. Miles de pegatinas como mensajes claros y brutales, una foto y un numero de teléfono. Miles de pegatinas que un pequeño ejercito pega todos los días para acabar en su inmensa mayoría en el suelo. ¿Que porcentaje llegaran finalmente a manos de clientes? Todo me recuerda a los esfuerzos de los especialistas en marketing online por medir el impacto de los banners. Quizás deberían darse una vuelta por Buenos Aires e indagar en este otro mundo.
Los domingos los sin techo son mas visibles por que el resto de ciudadanos (¿el resto?, ¿alguien les considera a ellos ciudadanos?) abandonan el centro. La colección de cartones, las personas que duermen refugiadas en cualquier portal, los pequeños grupos que dejan pasar las horas mientras tratan de atraer a los turistas con gritos que no hacen mas que acelerar el paso de los que se sienten amenazados … Alguien se sorprendía y preocupaba porque estas escenas son ahora mas comunes que hace unos años. En el fondo estaba proponiendo una versión dramática y brutal del indice Big Mac. Es mas fácil de lo que parece medir la pobreza; la realidad siempre es opaca a las estadísticas de los gobiernos. Pero, ¿para que medir nada si no interesa o no se es capaz de cambiar esa realidad?
[proyecto_K; C1]
Hay una expresión en japonés, mujo, que significa que no hay nada en el mundo que vaya a mantenerse inalterable para siempre … Ese concepto está grabado a fuego en el espíritu japonés desde la antigüedad … Y, posiblemente, ha influenciado nuestra percepción estética …
“… señaló durante una conferencia impartida en Barcelona el escritor Haruki Murakami …”
Un viaje mil veces repetido se convierte casi siempre en una trámite y acabamos por conocer menos ese trayecto que el que visitamos en una única ocasión. He viajado desde A Coruña a Madrid en innumerables ocasiones, casi siempre en coche. Casi nunca he prestado especial atención al paisaje que se ha ido construyendo en mi memoria más por una sedimentación suave de detalles y anécdotas que por la fuerte impresión que genera el descubrimiento buscado. Y al final, he acabado por ser consciente de lo fascinante que puede ser ese trayecto tan cotidiano y aparentemente convencional. En muchos de los viajes de los últimos años la conversación, el deseo de explicarle a otros lo que para mi era cotidiano, me ha hecho redescubrir ese territorio que me debería ser familiar.
El tránsito desde las costas atlánticas gallegas hasta el centro de la Península Ibérica es lo más parecido que podemos encontrar a cruzar un desierto o un mar. España es un territorio con una geografía humana paradójica. Un centro ocupado por una metrópolis de más de 6 millones de habitantes que poco a poco va engullendo a muchas pequeñas ciudades próximas; una costa en la que se asientan varias grandes ciudades lineales de alta densidad que se desparraman bordeando el mar; y en el medio … la nada, un enorme espacio casi vacío. Esa nada es un desierto humano y un océano sensorial.
Si conducimos de Coruña a Madrid el principio y final son las áreas de montañas discretas en su altura pero espectaculares por su persistencia, son kilómetros y kilómetros de subidas y bajadas continuas. Esto es así en la salida de Galicia, de forma casi inmediata tras pasar las proximidades de la ciudad de Lugo. Pero también en la zona del Bierzo, donde la roca se vuelve negra por la pizarra y la tierra roja por la arcilla. La sierra del norte de Madrid es más elevada pero ya menos compleja en su topografía. Antes, cuando no existía la autopista A6, la carretera se pegaba a los pliegues increíbles del terreno y el viaje se convertía en una tortura salvo para el explorador con tiempo suficiente y paciencia para circular por horas detrás de camiones que siempre parecían más anchos que la calzada. Ahora, la autopista vuela por puentes o se hunde en las montañas y ya todo pasa muy rápido. Hemos ampliado el zoom de nuestra perspectiva a costa de perdernos los detalles.
En el medio la nada, enormes campos de cultivo entre los que aparecen pequeñas lomas casi siempre con algún resto de un castillo. Pequeños pueblos, compactos, en los que siempre destacan una iglesia y algún silo de cereal con una torre que parece querer copiar a la de la iglesia. Los dos símbolos de esa tierra, la religión y la agricultura. Aparecen nuevos símbolos que poco a poco ocupan más y más territorio. Las zonas de viñas se expanden y las “granjas” de paneles solares son la última incorporación al paisaje. Otros símbolos caen lentamente, los campos de girasoles, las plantaciones de cereales … siguen dominando el paisaje pero poco a poco van reduciendo su territorio.
Pero el paisaje lo construyen también otros elementos con menos relación con los habitantes de la zona. Objetos y lugares que han surgido por los que pasan por allí rápidamente pero con el tiempo justo y la necesidad de comer o descansar y la capacidad de observar. Los toros de Osborne, la única publicidad que permanece en las carreteras españolas pero ya convertidos en objeto cultural (a veces casi de culto). Las áreas de servicio de la autopista, monótonas pero al tiempo diferentes en sus arquitecturas anodinas. Los grandes carteles que nos recuerdan que saliendo de la autopista, a pocos kilómetros, siguen existiendo los restaurantes tradicionales que antes se llenaban de viajeros y ahora luchan por sobrevivir. Las vías de servicio que corren paralelas a la autopista y que en ocasiones parecen no llevar a ninguna parte, probablemente un resto arqueológico contemporáneo de rutas que han dejado de tener sentido.
Y por supuesto este viaje esconde muchos otros viajes, tantos como salidas en la autopista que te llevan a pequeños pueblos, a pinares, a lagos, a castillos, a iglesias, a bodegas … Pero esos son ya otros viajes que requieren de otros tiempos y actitudes. Aquí solo contamos el viaje que casi sin parar y sin salir del coche nos permite explorar un océano amarillo y verde con olas de maíz o trigo. Un viaje que posiblemente sea muy parecido al que tenemos a la puerta de nuestra casa en cualquier lugar del mundo.
[Este texto surgió primero con otro objetivo, después lo entendí como parte de mi proyecto K, después quedó dormido un tiempo. Al principio era el complemento de una serie de fotografías, después adquirió vida propia … ahora por muchas razones lo publico sin ninguna imagen. Creo que así tendrá nuevos significados]
[proyecto_K; C2]
Hoy mi vía ha cambiado. Ayer se cerró una etapa, que en realidad incluyó muchas fases, y hoy amanecí en un presente distinto. A pesar de estar tantos meses pensándolo todo, de ir cambiando poco a poco, hoy irremediablemente sentí el vértigo y el impacto del cambio. En realidad nadie a mi alrededor lo percibió, todo siguió como siempre, pero en mi si sentí con toda la fuerza ese tránsito entre dos vidas.
Y, casi por azar, esta mañana escuché de nuevo una canción que me ha acompañado en los últimos años. Aún no lo entiendo, pero de un modo u otro esta canción vuelve una y otra vez y adquiere significados diferentes en cada momento: me recuerda a personas y vivencias; me provoca intuiciones; me hace reflexionar sobre mi vida y sobre el mundo …
Hoy se grabó en mi cabeza esta parte:
…
O mati é passo preto
De janeiro até janeiro
Ele casa no verão
Eu namoro o ano inteiro
O mati já tem bisneto
Eu ainda tô solteiro
Ele voa em liberdade
Inda tô no cativeiro
E voou pra imensidão
Eu ainda prisioneiro
…
Y no se si me siento como “o mati” o como el protagonista … o como ambos a la vez.
[La canción, Dinheiro em penca, la conocí en la versión de Chico Buarque en el disco Duetos de 2002, aunque su autor original es Tom Jobim]
De vez en cuando algo casi rutinario te sorprende y te hace feliz. Ayer, después de una larga semana, hablaba con mis hijos sobre que ver en el cine. El pequeño nos convenció y fuimos sin saber nada de la película que nos sugería, ni tan siquiera él tenía una idea muy clara … tan solo una intuición. Llegamos a la sala con el tiempo justo, nos pusimos unas gafas de 3D que no prometían nada bueno (salvo una historia de acción con efectos especiales que generan casi exclusivamente incomodidad).
Y se inicio algo que nos dejó maravillados. Nos hizo sentir la la capacidad para emocionar del cine. Acabé llorando, ya no se si por la empatía con los personajes, la emoción de la historia o por haber pasado dos horas transportado a la magia de una película, algo que hace tiempo que no sentía.
La causa de todo lo anterior la ha tenido La Invención de Hugo. Trueba dijo en una ocasión: “Yo no creo en Dios, pero creo en Bill Wilder”. Yo creo en Martin Scorsese y Johnny Deep, el director y productor que están detrás de esta película.
Despertarse el domingo cuando aún no ha amanecido es un regalo. Escuchar música o la radio con el volumen muy bajo para no despertar a nadie; leer los periódicos del día anterior que como siempre quedaron a medias; sentarse al lado de la ventana esperando que poco a poco amanezca …
Hoy leía el Babelia que El País publicó ayer (siempre que consideremos que “publicar” es imprimirlo en papel y venderlo en kioscos; la web sigue ofreciéndonos el número de hace una semana). En la tercera página se habla de Manolo Garcia y de sus espacios de trabajo. Me he quedado pensando en esto que dice el cantante (y escritor, fotógrafo, pintor y carpintero) en el reportaje:
… todas las disciplinas las he de sudar, le pongo mucha voluntad a todo. No soy buen guitarrista, no soy buen escritor, no soy buen fotógrafo pero le echo horas a todo como cuando empecé a trabajar de carpintero a los 14 años.
No he podido evitar verme reflejado: una fuerza aparentemente irracional que me empuja a apasionarme por muchas cosas, una dedicación intensa a muchas de ellas … y la incapacidad para ser bueno en ninguna de ellas. Durante mucho tiempo vivi esto como un problema, un error con el que debía convivir. Hace ya tiempo que me acepté y entendí que es mi forma de entender y estar en el mundo.
El periodista tituló el reportaje “Manolo García: el creador ludita” y creo que hace en ese resumen una lectura superficial del personaje. Es verdad que Manolo García se muestra crítico y desesperanzado con el mundo actual. Pero también es cierto que en su forma de entender el trabajo y la creación, en su necesidad de explorar múltiples campos y en la simplicidad con la que aborda las herramientas que utiliza para su trabajo (se autodefine como el “artista nómada”) es extremadamente contemporáneo. Utiliza la tecnología que necesita y se enfrenta a su vida profesional con la actitud del amateur que se mueve por sus pasiones. Y convierte la imperfección en su forma de aportar valor a la sociedad, mientras otros se escudan detrás de la pretensión de perfección para no aprender y por tanto, de algún modo, para no vivir.
El mapa en que muchos viven pero que nunca han dibujado (visto en facebook: ”An American gegraphy lesson …”).
América invertida (1943) de Joaquín Torres García: “nuestro norte es el sur”.
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Aunque no seamos conscientes nos conectamos emocionalmente con las ciudades, con los paisajes, con los países … a partir de su relación con las personas que pasan por nuestras vidas. Toda geografía es emocional … o es solo un mapa que no representa en realidad casi nada.
Hace poco descubrí como una geografía conocida se volvía dura al haberse desconectado del paisaje humano y los sentimientos en que siempre la había vivido. Pero al poco tiempo descubrí que esta desconexión era necesaria, aunque resultase dura, para redescubrir las capas ocultas de esos mapas, las que antes quedaban en un segundo plano. Al desaparecer lo que antes ocupaba todo el paisaje, por un momento permanecía un espectro del pasado, pero al rato empezaron a tomar vida las otras capas que vale la pena vivir intensamente.

Se, no título de um livro recente, apliquei ao Brasil (e a São Paulo) o termo saudade, não foi por lamento de não mais estar lá. De nada me serviria lamentar o que após tantos anos nao reencontraria. Eu evocava antes aquele aperto no coração que sentimos quando, ao relembrar ou rever certos lugares, somos penetrados pela evidência de que não há nada no mundo de permanente nem de estável em que possamos nos apoiar.
Claude Lévi-Strauss, Saudades de São Paulo.
Este texto era parte de la presentación e introducción a la exposición Mapas invisíveis comisariada por Daniela Name en la Caixa Cultural de São Paul (folder) de la muestra).
